
La encina, árbol ibérico
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La encina, árbol ibérico
Declarar la encina como árbol ibérico por excelencia, tiene su fundamento y no es un invento sin trayectoria, sacado de la manga. Fue Rafael Moro quien en su valiosa Guía de Árboles de España (2002) propuso formalmente que, desde la misma manera que el roble es el árbol identificado con lo alemán, el pino piñonero identifica lo italiano, el arce lo canadiense, el Araguaney lo venezolano y el serbal lo irlandés, la encina debería ser el árbol ibérico.
La encina está presente en casi todo el territorio peninsular, de Lisboa a València, de Galicia a Gibraltar. La encina ocupa casi la superficie arbolada del territorio del estado español. Según el inventario forestal, que contó los árboles de más de 75 mm de diámetro a 1,30 m de altura, desde 1986 hasta 2005, hay en el territorio del estado español un total de 682.881.000 encinas y ciertamente ahora serán más de 700 millones. Si sumamos las de Portugal, seguro que rebasamos los mil millones de árboles.
La cantidad no es única razón de excelencia. La longevidad que alcanzan las encinas puede llegar a los 700 o más años como lo atestiguan las encinas singulares que por su porte destacan sobre la media. La leña de la encina calienta muchos hogares en invierno y su madera es excelente.
Las encinas son la despensa otoñal que alimenta ahora a la fauna silvestre, secularmente, e incluso fue antaño alimento básico para nuestra especie. La recolección de bellotas dulces, incluso las amargas, permitió hacer harina para mezclarla con la de cereales para hornear pan y cocinar diferentes platos.
Los ecosistemas como las dehesas tienen a la encina como sombra, cobijo y abono, gracias a sus hojas y raíces. La dehesa extremeña, la andaluza y castellano manchega, es un buen ejemplo de agricultura agroforestal que ha superado la enfermiza fiebre de la agricultura industrial mecanizada que eliminó los árboles, sombras innecesarias. Ahora, la agricultura agroforestal y ecológica es la única perspectiva sensata que permitiría combinar cosechas sanas de ciclo corto (cereales, legumbres y hortalizas), con cosechas de ciclo medio (fruta) y madera noble, al llegar el ciclo largo. Todo ello es compatible y restituiría el paisaje agrario que, junto a los diferentes tipos de setos, es la garantía de protegerse de plagas facilitadas por los monocultivos.
Para repoblar, la encina es resistente a las sequías y la base para el enraizamiento de múltiples especies arbóreas y arbustivas. Resistente a los incendios forestales, de una sola encina pueden salir decenas de miles de plantones gracias a su abundante producción de bellotas. Podríamos decir que cada encina es un auténtico banco de vida. Además se asienta en suelos pobres y diversos, ya que es poco exigente. Prefiere un terreno seco o ligeramente fresco al muy húmedo. No es extraño que los celtas los adoraran. Por esto, verlos enfermar no es motivo de alegría. Hay que transformar el desasosiego en un ímpetu repoblador. Paso a paso, bellota a bellota, árbol a árbol.
Jordi Bigues es autor del libro Cómo plantar un árbol, descansar a su sombra y comer sus frutos.
Recuadro
La seca de los Quercus
Ya hace dos décadas que se observaron en Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha y Portugal los primeros casos de decaimiento y posterior muerte de encinas y alcornoques en montes y dehesas. Las masas arbóreas afectadas por la seca están envejecidas y han sufrido un notable abandono de las prácticas agronómicas tradicionales. Los síntomas se manifiestan con una inicial defoliación, seguida de la muerte de brotes y ramas, la muerte de las raíces y, por último, la propia muerte del árbol.
Las causas de la seca son complejas, pero el cambio climático unido a la pérdida de las tareas tradicionales en bosques y dehesas son las causas más importantes. Los responsables son hongos e insectos como el hongo Phytophthora cinnamomi, que causa la necrosis de las raíces absorbentes, hasta otros hongos como Botryosphaeria stevensii (Diplodia mutila) y Biscogniauxia mediterranea. El primero origina chancros, marchitando ramas aisladas. El segundo provoca el chancro carbonoso, con ramas muertas con placas carbonosas en las grietas de la corteza. Los insectos barrenadores xilófagos (Cerambyx cerdo, C. welensii, Prinobius germari), atacan a los árboles ya afectados y acaban con sus partes leñosos. Todavía no se conoce toda la ecología del proceso, por lo que su control es difícil.
Jordi Bigues i Balcells
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